Se los ha comido el perro

Si no he escrito antes este post es porque las musas todavía no habían llegado, el ordenador no tenía batería, se me había roto una uña…. (Esa no, que para el que me conozca sabe que no cuela mucho…). Sin embargo podría añadir un millón de cosas, más o menos creíbles, que justificarían el simple hecho de que no le dedicara el tiempo y la energía que requiere escribir.

Por ejemplo: ahora mismo acabo de abandonar la elaboración de la tesis de mi máster porque me resulta absolutamente aburrido escribir un tocho universitario; con sus protocolos, sus marcos teóricos y un sin fin de formalidades que no consiguen reclamar mi atención. Sé que es mi obligación hacerlo antes de cierta fecha, pero se que quería acabar este post primero.

Espero que no me surjan más inconvenientes para terminarlo, pero es que la vida es así de impredecible: ¿A quién no se la derramó un vaso de agua en los deberes, o ese día te tocaba en casa de tu padre y te habías olvidado la carpeta en casa de tu madre? Eso son cosas que pasan, ¿no?, accidentalmentes como que una llamada telefónica de tu amiga que necesita quedar contigo urgentemente y que hizo que dejaras de inmediato aquello que estabas haciendo.

Pero tenemos que entenderlo: el poner excusas es una habilidad adquirida y aceptada a nivel sociocultural: ¿como me explicáis sino lo de “Si yo tuviera una escoba cuantas cosas barrería”?, ¿O esos dolores de cabeza insoportables que aparecen repentinamente en momentos muy poco oportunos?, ¿Y aquella comida familiar ineludible?

Luego está la más común de todas: “No he tenido tiempo”. ¿¿Cómo?? ¡Que yo sepa todos los días del año, incluso los bisiesto, tienen 24 horas! En todo caso, sería más correcto decir: “He tenido tiempo, pero no he querido dedicarlo a esto”, ¿No creéis?

Personalmente, creo que para lo único en lo que no he usado excusas es para alcanzar mi sueño: Estar en unos Juegos Paralímpicos y conseguir una medalla. Es verdad que la medalla la rocé unas cuantas veces, pero eso me sirvió para aprender a disfrutar de cada día y para valorar la fuerza que me daba ese mismo objetivo. La confianza en el trabajo bien hecho, en el equipo que lo hacía posible y en que lo conseguiría fueron suficientes para no inventar excusas para trabajar por ello.

Sinceramente, cuando nos descubrimos usando un “es que…”, o un “ya, pero….” Y culpamos al destino, a los demás y a las circunstancias de lo que ocurre y así no movernos de nuestra bendita zona de confort lo único que hacemos es sucumbir al miedo: ni te engañas a ti mismo, ni engañas a los demás, sólo huyes de lo que de verdad importa.

Soy muy consciente de que hay zonas de mi vida en las que me siento más segura en las excusas, sería necio negarlo. Son rincones en las que sé de lo que estoy huyendo, pero también estoy convencida de que voy a dejar de hacerlo porque si sabes lo que quieres conseguir es mucho más fácil confiar y no hay excusas que valgan.

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