Apreciado desconocido

Apreciado señor mío,

 

Debo confesarle que me fascinó.  Esa es la palabra que me parece más recomendable para definir la impresión que me provocó. Sé que empiezo esta misiva de forma muy directa, pero creo que ya se percató de que no me gusta andarme con rodeos. Su manera de explicarse, y mi manera de entenderle fueron una combinación agradable, incluso diría adictiva.  Pero pasajera. Y digo pasajera, porque quiero dejarle claro que entiendo perfectamente que es algo que ya ha pasado. No me gustaría hacerle entender que quiero empezar relación de ningún tipo, dado que eso carece de sentido, y de futuro.

Nuestro encuentro, a mi entender, fue fruto de la casualidad más absoluta y, entiendo también, que es algo que nunca más volverá a producirse. El mundo es demasiado grande, y nuestras vidas demasiado distintas como para que nuestros caminos vuelvan a cruzarse algún día. Ni usted, ni yo, vamos a poner de nuestra parte para que eso ocurra. Soy consciente también, de que usted no cree en el destino, ni en las casualidades, así que no voy a entretenerle con mi teoría sobre el motivo por el que nos encontrábamos en el mismo lugar, y a la misma hora hace apenas unas semanas. Esa explicación me la guardo para mí, y para mis fantasías. Porque a diferencia de usted, yo sí creo que el azar nos colocó en ese lugar para encontrarnos,  En fin, hay cosas que es mejor dejarlas como están: inmóviles en el pasado. ¿No?

Estará de acuerdo conmigo en que las cosas que se quedan en el recuerdo son mucho más dulces y duraderas; nunca se estropean y siempre, siempre mejoran. Así es como quiero recordarle. El tiempo hace esas cosas, ¿no cree? que sólo nos quedemos con lo bueno, y siempre es mejor de lo que fue.  
Sin embargo, y a pesar de todo eso, llevo unos días luchando con la idea de escribirle, hasta que he sucumbido ante tanta duda. Quería que supiera que desde nuestro encuentro mi vida ha cambiado. No es un cambio radical, posiblemente mis más allegados no lo habrán percibido, es algo más interno, más íntimo. Tal vez sea por lo que le dije al comienzo de mi carta: la fascinación.
Fascinarse con algo, o con alguien hace que activemos nuestra motivación y que empecemos a movernos para encontrar nuevas formas de expresarnos, de relacionarnos con el mundo: conocer y aprender continuamente. Si algo te fascina es que te agrada, y por tanto, quieres corresponder. Sé que sabe de lo que le hablo, y tal vez le parezca obvio eso que le digo, pero vengo de un lugar en el que la gente se ha ido olvidando de aquello que le fascinaba… asombroso, ¿verdad? Vengo de un lugar en el que la gente se mueve por inercia, por rutinas, intereses, por pura supervivencia. Olvidaron lo grato que es que algo te deslumbre, y lo fácil que resulta renovarse y reinventarse.   

 

Supongo que es por eso que le escribo: Usted cambió mi forma de entender mi propio movimiento, y el que creía que era mi destino, y por eso le estoy agradecida. Tenía la intuición de que le encontraría pronto, de que usted era el elemento que buscaba, y que me faltaba. No voy a preguntarle si usted sintió lo mismo al verme, sería demasiado el atrevido por mi parte, aunque estoy segura de que es así.

Es el problema de la intuición; que el cuerpo debe generar una acción para obedecerla. ¿Dónde se origina? A veces pienso que en otro momento, uno que no somos capaces de recordar, en el que ya vivimos todo esto, en el que ya nos conocimos; no sabría si llamarlo magia o electricidad, me resulta muy confuso.

 

Muy afectuosamente,

 

N.

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